Puñado de tierra
Fredy Chicangana
Me entregaron un puñado de tierra para que ahí viviera
toma lombriz de tierra me dijeron:
ahí cultivaras, ahí criaras a tus hijos,
ahí masticaras tu bendito maíz
entonces tome ese puñado de tierra
lo cerque de piedras para que el agua no me
lo desvaneciera
lo guarde en el cuenco de mi mano, lo calenté
lo acaricie y empecé a labrarlo…
Todos los días le cantaba a ese puñado de tierra
entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche
la serpiente de los pajonales y
ellos quisieron servirse de ese puñado de tierra
quite el cerco y a cada uno les di su parte
me quede nuevamente solo
con el cuenco de mi mano vacío
cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear
por aquello que otros nos arrebataron.
Del fuego
Es de noche y en las montañas
las puertas se iluminan y tiemblan
con el resplandor del fuego;
las rendijas y las ventanas son esas líneas
que cruzan la oscuridad para calentar nuestro corazón.
Los hombres y mujeres yanakunas,
que son gente que se asiste en tiempos de oscuridad,
hablan, lloran y ríen en un río de humo espeso.
En el fuego está el tiesto de barro
y en el tiesto de barro negro
la hojita de koka que gira en círculos
como gira el tiempo.
El abuelo tuesta la hoja y atiza el fuego,
luego se lleva tres hojas a la boca y
mambea mirando hacia las cenizas;
ofrenda tres hojas tiernas al fuego,
pasándolas por encima de su cabeza.
«Hay que compartir», dice,
«ellos también quieren mambear»,
brota del fuego un hilo de humo y da vueltas sobre la cocina
mientras toma su camino al cielo.
Pregunta el corazón de la abuela:
«¿Qué será lo que dijo el fuego?».
Hay un silencio que se rompe
con el crujir de la leña seca.
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