" En este suelo de discusiones, el poeta Elicura Chihuailaf va a insistir en el hecho de que la poesía indígena se nutre de forma insoslayable de la oralidad de sus pueblos, es decir: tiene sentido junto a la palabra de los mayores, de los antiguos, de los abuelos (1999: 9-10).5 Cuando se habla de ancestralidad hay que comprender la hondura de estos diálogos, las dimensiones y las condiciones que entrañan. Se podría decir, retomando una fórmula de Miguel León-Portilla (2004), que se trata de una poesía que existe (e insiste) en las orillas de una antigua y una nueva palabra.6 De modo que la palabra es como un río que se mueve entre orillas, y la escritura es una barca capaz de recorrer ese río.
El lugar de esta palabra oral, antigua y comunitaria, es muy distinto entonces al de una plática vacía, pero no se reduce tampoco a las historias contadas, antes bien, tiene que ver con la investidura de una palabra pensante, que conoce y que es conferida, otorgada, legada. De esa manera, inscribe al sujeto en el fluir de un conocimiento antiguo en permanente diálogo con la vida que se renueva, presente en el pensamiento de quienes han sabido conservarlo, actual en cada comunidad que lo practica y lo recuerda; diálogo que insiste como sentido y posibilidad de vivir juntos." (Percia, 2019)
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